martes, 23 de junio de 2009

Democracia? what Democracia

De todos es sabido el beneficio que para el ciudadano trae un régimen como el que llamamos democrático. La teoría es bonita. El poder emana del pueblo y este elige a unos representantes que, teóricamente, gestionan su soberanía en beneficio del elector.
Pues... palabras. La realidad es bien distinta.

Analicemos, sucintamente, nuestra "joven" democracia (¿cuanto tendremos que esperar para que madure?).

Empecemos con el Jefe del Estado, esto es, el rey. Si bien la Constitución garantiza la igualdad de todos los ciudadanos ante la Ley, esta misma, la Constitución, otorga un "status" privilegiado para el Jefe del Estado y sus herederos. De tal modo, que si cualquier cargo representativo de la soberanía del pueblo es elegido en las urnas (otra falsedad), el de la jefatura del estado es por vía sanguínea, o sea, por sus santos bemoles. Primer fraude. Y ya no hablemos de los privilegios de ser Jefe del Estado, y no me refiero a vivir del erario sino a su situación ante la justicia.

Por otra parte, los encargados de administrar el estado democrático son los partidos políticos. Instituciones estas que se rigen, internamente, con el ordeno y mando de las más añejas dictaduras ("el que se mueva no sale en la foto", llegó a decir Alfonso Guerra, un adalid de la democracia). Ellos imponen, sin consulta previa alguna al electorado, los candidatos que luego nos presentan en las listas como lo mejor (se entiende) de cada casa para la representación. Son las que se conocen como "listas cerradas" (o también podríamos llamarlas "listas Juan Palomo").

Como, en teoría, la soberanía radica en el pueblo, entonces de algún modo hay que arrebatársela. Para eso está el mecanismo electoral. Este mecanismo, de apariencia inofensiva, es la mayor agresión a la misma (la soberanía popular) y es donde se comete el mayor fraude democrático. Se constituye una mesa con: presidente, apoderados, interventores, vocales, etc. Se orquesta una campaña publicitaria diciendo todo lo contrario de lo que va a suceder en realidad. De hecho se nos dice: "el que no vota no tiene derecho a reclamar". ¡falso!. El único que puede reclamar es el abstencionista, y me explico. El hecho de votar, el hecho físico, parece exclusivamente un símbolo de la participación pero en realidad es el acto jurídico y feaciente (por eso una mesa con presidente, apoderados, interventores, etc) por el que al ciudadano se le arrebata su soberanía. Y tan es así, que en la propia Ley Electoral se especifica que el votante no puede depositar su voto en el urna directamente, si no que es el Presidente de la Mesa quien desempeñará tal cometido. Resultaría obvio que, si la votación es el paradigma de verdad democrática, esta fuera realizada por el votante. Pues no. Tan siquiera eso le dejan al ciudadano. Hasta ese punto el fraude es descarado.

Pero lo más repugnante de todo el proceso es una vez que a uno le arrebatan la papeleta (recordemos que con un listado en cuya confección uno nada ha tenido que ver), y el Presidente de la mesa lo deposita en la urna, en ese gesto, uno entrega, en ese trocito de papel, su soberanía como ciudadano y convierte en depositario de la misma a todos y cada uno de los nombres impresos en todos y cada uno de los listados que son elegidos. A partir de ese momento, cualquier censado deja de ser soberano y pasa a convertirse en contribuyente. Desde ese momento, el ciudadano deja de ejercer su soberanía durante cuatro años. Desde ese momento ha de aceptar, del grado que se le antoje, cualquier decisión tomada por los Sres. diputados que son, desde ese instante, los dueños (no depositarios, no) de la soberanía popular.

Por eso el gran miedo a la abstención de estos individuos, por eso prefieren el voto en blanco o nulo antes que el no voto. El que vota, en cualquiera de sus acepciones (válido, nulo, en blanco) se desentiende (fedatariamente) de su soberanía, el que no vota la conserva.

A la fin y a la postre, la democracia no deja de ser una dictadura encubierta. El Jefe del Estado es puesto por la gracia de Dios (así rezan todas las monarquías, aunque en la nuestra Dios debió ser Franco), los partidos políticos no conocen la democracia interna ni externa (no hay más que ver que en el parlamento todos votan las consignas establecidas, se esté o no de acuerdo, por miedo a las represalias) y el derecho al voto se queda en eso, el derecho, porque la realidad es que hasta eso nos sustraen.

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